En plena era de la duda profunda, donde tenemos herramientas capaces de crear contenidos falsos súper veraces y donde el pedal de la velocidad se ha disparado, a una señora le desaparecen 400 euros de su cuenta en un solo click.
Esa señora soy yo. Yo no soy Z y tampoco gestiono bien la duda. No me siento cómoda en un ecosistema digital que me huele a engañifa. Me provoca frustración creerme que una pandilla de mapaches podían disfrutar de una cama elástica y, a la vez, me da ternura pensar que quería que fuera real. En el grupo familiar, un vídeo del tío Cipriano subiéndose encima de la mesa y bailando la Sarandonga. Nadie se lo cree, pero todos nos reímos.
Me molesta tener que cuestionarme la realidad continuamente, parece que hay que estar alerta todo el rato y mantenerse actualizada supone un esfuerzo en un momento en el cansancio es generalizado.
Vivimos un momento en el que la confianza en la realidad está mermando. La aparición de las deepfakes ha difuminado la frontera entre lo verdadero y lo falso. Ya no basta con ver para creer, cualquier contenido puede ser manipulado con una facilidad inédita, circula sin contexto y lo consumimos con la misma rapidez con la que nuestra atención se desvanece.
Mi trabajo consiste en crear imágenes, pero ya nadie confía en ellas. Ahora que los límites entre la creatividad y la mentira son difusos, la verdad es todo un desafío. Los deepfakes abren debates éticos urgentes sobre responsabilidad de salvaguardar de la verdad en una era en la que la manipulación digital es cada vez más sofisticada y accesible. Y en mi cabeza surgen muchas preguntas aún sin respuesta:
- ¿Cómo se transforma el diseño cuando la confianza visual está en crisis?
- ¿Qué rol debemos asumir las diseñadoras en un entorno donde la imagen ya no garantiza verdad?
- ¿Cómo cambian nuestras metodologías de trabajo en un mundo saturado de simulaciones?
- ¿Qué nuevos criterios éticos necesitamos integrar en los procesos de diseño?
- ¿Qué responsabilidad social adquiere el diseño en medio de esta crisis de autenticidad?
Reflexiono las posibles respuestas mientras leo esto, esto y esto.
Estoy muy de acuerdo con lo que dice Daniela Nicholson (Directora Estratégica de Sed Estudio):
(…) ante el uso, últimamente excesivo, de ChatGPT como herramienta para «pensar» (sin antes haber cuestionado), las marcas necesitarán encontrar qué las hace realmente diferentes, auténticas e incluso imperfectas. Dejar de «agradar» para pasar a decir la verdad y así generar verdaderas conexiones, asumiendo el riesgo de no caerle bien a todo el mundo.
Totalmente de acuerdo.
La verdad es que es de agradecer que la tecnología facilite determinados procesos, pero está claro que no bastan por sí solos. Por el momento, la autenticidad y el carisma no se pueden automatizar, busquemos que nos hace diferentes y, a esto, sumémosle empatía y la construcción de vínculos reales (entre marca y cliente, marca y equipo, marca y colaboradoras). Así haremos que cualquier proyecto tenga sentido y permanezca en el tiempo.
Seguiré dándole vueltas,
Una señora que ha sufrido una estafa virtual.


